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Ilustración:
Fabricio Van Den Broek
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| Un regalo de los
dioses |
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| Por Laura Esquivel |
Hace mucho siglos allá en Teotihuacán, surgió
el quinto sol y con él una nueva era para la humanidad.
En aquel entonces, los dioses se preguntaron "¿Qué
comerán los hombres?" Y dijeron: "¡Que descienda
el maíz, nuestro sustento!" El encargado de cumplir
la orden fue Quetzalcóatl, quien de inmediato
descendió a la tierra en busca de la semilla prometida. |
Lo primero que hizo fue averiguar el paradero de la
hormiga roja, pues ella era la que conocía el sitio
exacto donde se encontraba escondido el maíz. Se hizo
el encontradizo con ella y con gran insistencia la
interrogó hasta que a la hormiga no le quedó otra
que guiarlo al Tonacatépetl, el "Monte de Nuestro
Sustento". Entonces, Quetzalcóatl se transformó en
hormiga negra, se introdujo dentro del monte y sustrajo
la semilla del maíz. En seguida se la llevó a Tamoanchan,
el lugar donde viven los dioses, quienes comieron
abundantemente de ella y luego compartieron con Oxomoco
y su mujer Cipactónal, la pareja náhuatl equivalente
a Adán y Eva "para que se hicieran fuertes".
Después
de haber puesto el alimento en los labios de la pareja,
los dioses dijeron "¿Qué haremos con el Monte de Nuestro
Sustento?", pues se habían dado cuenta de que unos
cuantos granos de maíz no eran suficientes para asegurar
la vida de los hombres de la nueva era. Quetzalcóatl,
asumiendo que la mejor forma que había de controlar
el cultivo de maíz era teniendo sus granos al alcance
de la mano, regresó a la tierra, ató al Monte de Nuestro
Sustento y se lo quiso llevar al Tamoanchan, pero
el monte no se quiso mover.
Oxomoco
y Cipactónal se preocuparon mucho y acudieron a Nanáhuatl,
el sol de Teotihuacán en busca de consejo. El sol,
a su vez, pidió ayuda a los Tlaloques, los dioses
de la lluvia que viven en lo alto de las montañas.
Los Tlaloques llegaron provenientes de los cuatro
puntos cardinales: los azules del sur, los blancos
del oriente, los amarillos del poniente y los rojos
del norte. Todos bajaron para fecundar con su lluvia
al maíz. En cuanto llegaron, Nanáhuatl lanzó su poderoso
rayo sobre el Monte de Nuestro Sustento y éste se
abrió para siempre. De él salió maíz de todos los
colores, blanco, azul, amarillo y rojo; los frijoles,
la chía, los bledos y todo aquello que constituye
nuestro sustento.
Y
fue así que Quetzalcóatl, con la ayuda de Nanáhuatl
y los Tlaloques, puso en manos de los hombres los
dones de la tierra para que se alimentaran y se hicieran
una raza fuerte.
Es muy probable que esta leyenda sea más antigua que
la propia era del quinto sol, sin embargo, hasta nuestros
días la gente sigue venerando al maíz como un regalo
de los dioses. Como parte de esa veneración, el campesino
actual, antes de iniciar la siembra en la milpa, realiza
un rito propiciatorio a los cuatro vientos y después
de la recolección del maíz siempre guarda la mejores
mazorcas como sedimento para que vuelva a dar la cosecha.
La mazorca en sí representa el alimento que guarda
la vida y por lo tanto, los campesinos cuelgan en
los portales de sus casas mazorcas de todos los colores
para que veneren el principio de la abundancia. Esta
tradición que data de tantos siglos sigue estando
muy viva entre los campesinos, pues es evidente que
todo su bienestar está dependiendo de la cosecha del
maíz y de frijol, otro de los alimentos básicos en
la dieta del mexicano y que también fue robado del
Monte de Nuestro Sustento.
La leyenda de Quetzalcóatl robando el maíz para dárselo
a los hombres, aparte de poética, es rica en simbolismo.
Hace una referencia obvia al mito de Prometeo, pero
también nos habla del agua como agente mediador entre
el cielo y la tierra. La participación de la lluvia
aparte de tener un evidente sentido fertilizador,
en muchas tradiciones es considerada como símbolo
del descenso de las "influencias espirituales". Por
su parte, el maíz, sustento del nacimiento de la cultura
mesoamericana, al provenir de la tierra, de esa oscuridad
maternal y germinal, y transitar hacia la luz del
sol, simboliza la toma de conciencia de que los seres
humanos en su camino de lo primigeneo a la iluminación
y a la espiritualidad. Tal vez por eso se piensa que
al ingerir un alimento de origen divino uno puede
entrar en comunión con los dioses. De ahí que el maíz
esté siempre presente en las grandes ceremonias de
la comunidad. Sobre todo en aquellas en las que se
festeja la vida y la muerte donde la presencia del
alimento les garantiza la presencia del dios. Los
mexicanos somos hijos del maíz, lo mamamos desde la
cuna. A las mujeres parturientas, por cuarenta días
se les da atole de maíz y tortillas tostadas, porque
se considera que éste es el alimento más preciado
para su nutrición. En la vida adulta uno lo puede
comer de las más variadas formas, desde el atole fresco
hasta el pan de elote, desde tostadas y tlacoyos hasta
sopes y gorditas, desde tamales hasta pozole. La generosidad
del maíz alcanza para todo, hasta para alimentar a
los animales con las sobras. Nada se desperdicia,
las hojas sirven para envolver los tamales, el rastrojo
mezclado con arena para construir el techo de pequeñas
cabañas para guarecerse de la lluvia y el viento en
la milpa. Otro de sus usos es el adivinatorio. Los
granos de maíz se utilizan en la predicción del futuro,
lanzándolos al aire e interpretando la forma en que
caen al piso. Me pregunto qué dirían ahora los dioses
si supieran que los científicos han robado la semilla
de maíz a los hombres para convertirla en una semilla
transgénica y poder hacer negocio con ella. Qué sentirían
al ver que el maíz pasó de ser un alimento que se
produce generosamente en la tierra a un alimento estéril
fabricado dentro de los laboratorios.. Y también me
gustaría saber cómo ven los campesinos la llegada
de este tipo de maíz. ¿Estarán bien informados de
que se trata de un maíz que no se reproduce? ¿Qué
su siembra amenaza la sobrevivencia de variedades
de maíz que sólo se encuentran en nuestro territorio?
¿Qué el cultivo de organismos vivos modificados produce
una intensa homogeneidad biológica y que con ello
los cultivos se hacen en extremo vulnerables a la
aparición de plagas? De saberlo ¿dejarían de considerar
al maíz como un regalo del Dador de la vida? Porque
antes la semilla de maíz llevaba la vida dentro, ahora
lo que lleva es un nuevo gen, extraño, profano, implantado
dentro de un laboratorio. Ya de nada le sirve ofrecer
su siembra a los cuatro vientos, ya de nada le sirve
guardar las mejores mazorcas como sementera para la
nueva cosecha, ya nada tiene sentido. ¿De qué sirve
venerar al maíz en cada una de sus ceremonias rituales:
en el nacimiento de sus hijos, en los bautizos, en
las bodas, en los velorios, si el maíz no es el mismo,
sí ya perdió su carácter sagrado? Ahora el principio
de la abundancia está en manos de los dueños de los
laboratorios y ellos son los que ponen precio a la
semilla y deciden qué tipo de maíz debemos comer.
Tengo
muy claro cual fue la intención que empujó a los dioses
en su generoso deseo de compartir el maíz con los
hombres, lo que no me queda bien claro es la intención
de los científicos en su búsqueda de una semilla "mejorada".
¿De quién fue la idea? ¿De dónde nació el deseo de
convertirse en dioses, en generadores de nuevos genes?
Creo que vino de la idea equivocada de que la ciencia
y el pensamiento positivo nos ofrecerían felicidad.
Hemos llegado a un punto culminante del error de la
modernidad. La carrera del milenio con su pérdida
paulatina de valores espirituales y trascendentes
le ha restado sentido a los actos personales y colectivos,
les ha arrebatado su sacralidad. La ciencia se ha
convertido en la nueva religión, ofrece a sus seguidores
ampliarles el espectro de la vida, pero aún no les
garantiza que ese tiempo sea en años de calidad. A
los agricultores les ofrece semillas transgénicas
que cuentan con su propio plaguicida biológico, lo
que por un lado permite reducir costos y evitar el
uso de insecticidas químicos, pero por el otro contribuye
a que las plagas a la larga se hagan más resistentes.
Y no sólo eso, en un estudio coordinado en México
por los doctores José Sakuran y Jorge Larson, ambos
directivos de la Comisión Nacional para el Conocimiento
y Uso de la Biodiversidad, se demostró que el ADN
contenido en los alimentos transgénicos permanece
en el intestino por un tiempo mayor al que se pensaba
antes, con lo que su material genético puede ser transferido
a las bacterias que ahí se alojan y crear cepas modificadas
con resistencias que podrían convertirse en un serio
problema de salud pública. Por su lado, la Sociedad
Internacional de Quimioterapia, manifestó hace poco
de los genes de resistencia a antibióticos representan
un riesgo inaceptable para el ser humano. Tal parece
que lo importante es la velocidad y la cantidad con
que se reproduce y no los resultados. Y mientras crecen
los debates sobre el avance de la ciencia en este
campo, el joven mercado mexicano de transgénicos continúa
en crecimiento y en 1998 la superficie mundial sembrada
con maíz modificado genéticamente alcanzó las 7 millones
de hectáreas. Si bien es cierto que a través de la
biotecnología se obtienen semillas con resistencia
a la sequía o al exceso de humedad y a los suelos
ácidos o alcalinos -lo que las convierte en semillas
que cuentan con mejores características industriales
y nutritivas- debemos reconocer que lo hacen tomando
muchos riesgos. En México por ejemplo hay centenares
de variedades criollas de maíz y parientes silvestres
de éstas, como el teocintle. Si el teocintle recibiera
genes de resistencia a herbicidas, podría convertirse
con el paso del tiempo en una maleza difícil de controlar.
Para colmo, se ha comprobado que los herbicidas de
amplio espectro eliminan plantas esenciales para la
conservación de los suelos, junto con otras que sirven
de alimento a la mariposa monarca. El desarrollo de
la estructura naciente de la biotecnología amenaza
con destruir estructuras agrarias y ecológicas mundiales
y centralizar el control de las reservas mundiales
de alimentos en manos de un reducido grupo de compañías.
Actualmente el mercado internacional de semillas es
controlado en un 32 por ciento por diez compañías:
Dupont, Monsanto Norvartis, Groupe Llimagrain, Advanta,
AgriBiotech Inc., Savia, Sakata KWS AG, Takii. Todo
esto nos lleva a la conclusión de que los beneficios
de las semillas transgénicas sólo son a corto, no
a largo plazo. Pero esto parece que a nadie le importa.
La carrera del progreso y la modernidad así lo determina.
La
idea de que sólo existe lo que la ciencia puede comprobar
dentro de un laboratorio, nos obliga a creer que no
hay nada más allá de lo que podemos tocar con las
manos. Que el tiempo es lineal. Que tiene principio
y fin. Que tenemos que aprovechar la vida, pues es
corta. Que hay que vivir lo más que se pueda. Que
el mundo es nuestro y podemos hacer con él lo que
queramos. Que la vida no entraña un misterio. A veces
la arrogancia del hombre me asusta. Y me pregunto
si ya antes de la llegada del Quinto Sol la naturaleza
se había sentido amenazada y previendo una catástrofe
ecológica, se abía cerrado las puertas del Monte de
Nuestro Sustento, para que nadie pudiera atentar contra
los bienes de la tierra. Desgraciadamente ahora ya
no puede hacerlo, es demasiado tarde. Si Quetzalcóatl
regresara a la tierra en busca de la semilla de maíz,
¿dónde la iba a encontrar? ¿Dentro de un laboratorio?
Quizá en lugar de hormiga se tendría que disfrazar
de obrero para poder robársela. El mayor problema
es que Quetzalcóatl ya no existe en la memoria de
la gente. Los dioses están en el olvido. Nadie va
a venir a rescatar al maíz. Y entonces la pregunta
obligada es: ¿Qué va a pasar con las mariposas monarca?
¿Morirán irremediablemente? ¿Y nosotros? ¿Qué tipo
de transgénica cultura produciremos? ¿El maíz mejorado
generará una civilización más fuerte? ¿La globalización
logrará acabar con el hambre? ¿O este sólo es un pretexto
que tienen los cárteles biotecnológicos para controlar
la alimentación mundial? No lo sé. Lo único que creo
es que con el cambio de la siembra "científica" del
maíz el hombre pasó de sembrador de certezas, a sembrador
de dudas. (FIN)
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