Los plaguicidas atentan
contra etnia en México
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La siembra de la muerte |
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| por Pilar Franco* |
Un auténtico arsenal de productos químicos es vertido
a la tierra contra plagas lesivas en cultivos con
un alto costo para la salud y la vida de los jornaleros
CIUDAD DE
MÉXICO.- Como cada año, miles de indígenas de la etnia
huichol se aprestan a dejar sus tierras ancestrales
en estados del Occidente de México para sumarse como
peones a las arduas labores del cultivo de tabaco,
acechados por una silenciosa y mortífera amenaza:
el uso de agroquímicos.
Sin estadísticas confiables ni estudios epidemiológicos
en personas en contacto constante con plaguicidas,
activistas empeñados en documentar la situación de
los jornaleros huicholes aseguran que cuatro miembros
de esta comunidad enferman a la semana por esa causa.
Hasta el municipio costero de Santiago Ixcuintla,
en el estado de Nayarit, comienzan a arribar familias
enteras de una etnia que se considera responsable
de conservar en equilibrio las fuerzas de la naturaleza
y que habita en áreas de esa entidad y de Jalisco,
Durango y Zacatecas.
Entre noviembre y mayo de cada año y sin ninguna medida
de seguridad, los indígenas se ocupan de la fumigación,
corte y ensarte de hojas de tabaco utilizando plaguicidas,
incluidos algunos no autorizados en las naciones que
los producen y exportan.
Aunque México posee leyes e instituciones para regular
el manejo de productos de alta toxicidad, la inspección
y vigilancia es inoperante, pues no se llevan a cabo
monitoreos ni controles oficiales para evaluar los
riesgos de usar plaguicidas, declaró a Tierramérica
la activista Patricia Díaz.
Defensora de los derechos de los miembros de ese grupo
autóctono desde hace casi dos décadas, Díaz muestra
las condiciones de los jornaleros indígenas en los
campos tabacaleros en un vídeo testimonial titulado
"Huicholes y plaguicidas".
Los indígenas efectúan sus jornadas en el campo con
pleno desconocimiento de los cuidados mínimos para
la aplicación de esos productos y sin medidas de protección
a su salud, no obstante que entre los bioquímicos
que utilizan está el esterón, un componente del agente
naranja aplicado por Estados Unidos durante la guerra
de Vietnam, denunció Díaz.
Las consecuencias son múltiples: casos de jornaleros
afectados por "misteriosas enfermedades" caracterizadas
por intensos dolores de cabeza, mareos, vómitos, náuseas,
depresiones, irritaciones de ojos, calambres e intoxicaciones
crónicas, entre otros síntomas detectados desde hace
años por médicos locales.
De manera aislada, defensores de la naturaleza y de
los derechos de las etnias han ido acumulando casos
de personas enfermas, sobre todo niños y mujeres,
que registran un elemento común: el contacto con sustancias
tóxicas.
La intoxicación "es lo de menos. El verdadero problema
es el efecto residual a largo plazo que causan" esos
productos, explicó a Tierramérica Vedyalud Chávez,
médico jubilado de los servicios estatales de salud
en Santiago Ixcuintla y quien ha denunciado la situación
desde hace años.
"Los síntomas de la intoxicación pasan, pero las consecuencias
más graves terminan por manifestarse cinco, diez o
más años después. En los casos de muerte, muy frecuentemente,
los diagnósticos no son relacionados con las causas
que motivaron el fallecimiento", explicó Chávez.
"Después de varios años de afectaciones de tipo hematológico,
la gente nunca las atribuye a las exposiciones a agroquímicos",
abundó el médico.
Voceros de la Secretaría (ministerio) de Salud dijeron
a Tierramérica que no existen registros oficiales
de la situación en los últimos tres años. Las cifras
más recientes datan de 1996, cuando 7,65 de cada cien
mil personas resultaron intoxicadas por plaguicidas
en el país.
De acuerdo con un desglose de esas cifras por estado,
en Nayarit 109,47 de cada cien mil habitantes resultaron
intoxicados, mientras en Quintana Roo, en el sureste
mexicano, el número fue de 48,46.
Esas cifras, sin embargo, están muy lejos de reflejar
el drama real que viven las comunidades indígenas
y campesinas en contacto con plaguicidas para combatir
plagas y enfermedades de la planta, explicó Díaz Romo.
Otros apoyan esa opinión.
"Las estadísticas de morbilidad en México apenas comenzaron
a practicarse y no están orientadas a profundidad
a especificar este tipo de problema. En muchos casos
se dice que el paciente murió de leucemia, pero no
se menciona que estuvo en contacto con ese tipo de
sustancias", afirmó Chávez.
El prestigiado ambientalista Iván Restrepo sostuvo
que "pese a la carencia de estadísticas epidemiológicas
confiables, se calcula que al menos cuatro jornaleros
se intoxican por agroquímicos cada semana, mientras
un número indeterminado muere después en la sierra,
sin atención médica".
"Aunque el sistema de salud atiende sólo a los oficialmente
intoxicados, eso no impide que los mate después el
cáncer y otros males contraídos al trabajar en las
plantaciones de tabaco", agregó Restrepo, quien lleva
varios años llamando la atención sobre la situación
de los huicholes.
Chávez señaló que muchas veces quien fumiga no es
una persona adulta o capacitada para manejar el plaguicida,
sino niños o jóvenes. "Se han dado casos de familias
enteras intoxicadas que no saben qué les causó el
problema", dijo.
Desde hace varios años, la comunidad huichol, cuya
tradición de respeto a la naturaleza le había permitido
subsistir de la agricultura, ha demandado mediante
cartas enviadas a las autoridades de Nayarit y Jalisco
que se suspenda el uso de agroquímicos en la agricultura.
En las misivas, sin respuesta hasta ahora, los indígenas
piden que se prohíba la venta de productos que han
sido vetados en otros países y que se favorezca el
uso de técnicas naturales para el mejoramiento de
la tierra.
Dueños de una extraordinaria habilidad para crear
rústicas obras de arte que venden como artesanías
a precios muy baratos, los huicholes ofrecen a las
industrias tabacaleras una mano de obra barata y diestra.
Los campos tabacaleros de la costa de Nayarit, alrededor
de 26 mil hectáreas, emplean cada temporada a unos
4,7 millones de jornaleros.
Los poco más de 19 mil huicholes que viven en México
-con uno total de casi diez millones de indígenas-,
así como los coras, tepehuanes, mexicaneros y campesinos
mestizos trabajan en la siembra, cuidado, corte y
ensarte de las verdes hojas, que poco a poco se van
convirtiendo en café oscuro.
En Nayarit, con 86 por ciento de la superficie cultivada
con tabaco del país, Agroindustrias Moderna, filial
de la británica British American Tobacco Industries,
y la nacional Tabacos Desvenados controlan 80 por
ciento de la producción a nivel nacional.
Pero el contacto continuo con plaguicidas, fertilizantes
y otras sustancias químicas en la agricultura no deja
secuelas sólo entre los huicholes y otras comunidades
que trabajan en la producción tabacalera.
Un estudio del Instituto de Medicina Forense de la
Universidad Veracruzana reveló en 1998 que 12 campesinos
murieron un año antes por intoxicación química derivada
del contacto y exposición a fertilizantes y plaguicidas,
sólo en la zona rural del puerto de Veracruz, en el
estado oriental del mismo nombre.
Como la salud de las personas, la tierra resiente
también el efecto devastador de los agroquímicos.
El Fondo de las Naciones Unidas para la Agricultura
y la Alimentación, FAO, calcula en 500 millones de
dólares el costo de eliminar las 100 mil toneladas
de plaguicidas obsoletos diseminados en los países
en desarrollo y sostiene que 40 por ciento de la producción
agrícola se pierde por enfermedades, plagas y malezas.
Aunque las plagas son las más nocivas, su propio combate
puede resultar contraproducente, ya que el uso de
una inmensa variedad de venenos químicos afecta más
a las especies de los insectos y aves encargados del
equilibrio ambiental, que a las propias plagas, advierte
el organismo.
* La autora es redactora de Tierramérica.
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