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¿Está muerto el ecologismo?

Por Mark Sommer *

Para volver a ser una fuerza eficaz en la política estadounidense, el movimiento verde deberá enfrentar con éxito una serie de desafíos.

ARCATA, CALIFORNIA - ¿Está muerto el ecologismo? Esta pregunta se la han planteado con creciente angustia y urgencia los frustrados ambientalistas estadounidenses, quienes ven cómo su agenda y sus preocupaciones están derivando hacia lugares marginales del gran escenario político.

Durante más de dos décadas esta tendencia se ha venido verificando en Estados Unidos, donde los gobiernos dominados por las grandes empresas han pasado implacablemente por encima de las normas ambientales laboriosamente construidas a lo largo de más de 30 años.

Con la presunta contraposición entre puestos de trabajo y ambiente, los primeros siempre terminan por salir victoriosos tanto en las decisiones políticas como entre el público.

Las encuestas indican un amplio apoyo, en principio, para la protección del ambiente, pero en la práctica la cosa es distinta. Incluso entre quienes se llaman a ellos mismos ambientalistas, muchos llevan un estilo de vida que a menudo contradice las convicciones que dicen tener.

¿Qué es lo que se ha hecho mal? ¿Cómo es que un movimiento que una vez fue vibrante y esperanzador se ha vuelto desesperanzado y casi irrelevante para tantos? Para volver a ser una fuerza eficaz en la política estadounidense, el movimiento ecologista deberá enfrentar con éxito una serie de desafíos.

En primer lugar tendrá que ir más allá de sus mensajes dominados por la predestinación negativa y adoptar un enfoque más confiado en la afirmación y la victoria de la vida ante los cambios que enfrentamos.

Demasiado a menudo los activistas del ecologismo han representado el futuro como una pesadilla maltusiana y han insistido, como los profetas del Viejo Testamento, en que estamos condenados a la catástrofe si no cambiamos instantáneamente de ruta.

Necesitamos, en cambio, comenzar a festejar historias de renacimiento y renovación (que por cierto han existido y existen) a fin de movilizar la energías redentoras necesarias para revertir nuestras tendencias autodestructivas.

El ecologismo deberá también extender su base bastante más allá de los sectores educados de la clase media alta de la población blanca estadounidense, que desde hace tiempo han sido su mayor fuente de apoyo.

En años recientes, incluso la mayoría de los integrantes de esa base ha sido seducida por tendencias nada ambientalistas y se le ve conduciendo enormes vehículos de alto consumo de combustible y entregándose a una vida de endeudamiento y consumismo.

En sus campañas para preservar la vida silvestre, los ecologistas desechan a menudo las opiniones y prioridades de quienes dependen para susustento de los recursos naturales, lo que no es justo de parte de quienes están en posiciones privilegiadas por contar con otros medios de vida no vinculados a la utilización de los bienes de la naturaleza.

Además de su tradicional énfasis sobre la preservación de la vida silvestre, el movimiento ecologista debe dar igual importancia a cuestiones de justicia ambiental, como los impactos de las industrias tóxicas en los pobres y la gente de color que vive muy a menudo cerca de las sedes de operaciones de aquellas.

Los críticos acusan a los ambientalistas de actitudes contradictorias, ya que rechazan la instalación de plantas industriales contaminantes cerca de sus propios domicilios pero al mismo tiempo usan la energía que esas industrias producen.

De acudir en ayuda de quienes están soportando el peso de los inconvenientes del desarrollo industrial del cual depende toda la sociedad, los ambientalistas podrían comenzar a salir de sus propios guetos privilegiados y a identificarse mental y emotivamente con otros seres humanos. ¿Será posible que aprendamos a preocuparnos por la gente tanto como por las ballenas?

Los ecologistas necesitan conectarse con las comunidades religiosas que hace largo tiempo cultivaron sus propias versiones del ambientalismo con otros nombres. “Cuidado de la creación” es el término usado más a menudo por los cristianos evangélicos, una fuerza enormemente potente hoy en día en Estados Unidos y en la política mundial, para referirse a su raramente reconocida preocupación por el ambiente.

El movimiento ecologista tiene la necesidad de forjar una causa común con las comunidades religiosas de las más variadas tradiciones espirituales en un amplio e inclusivo movimiento que permita a cada uno de sus integrantes expresar sus inquietudes acerca de la creación en sus propios lenguajes.

Los ambientalistas debemos renunciar a la convicción de que somos los únicos que nos preocupamos por preservar la naturaleza. Los madereros también se preocupan por los bosques y a menudo gracias a una más íntima y larga experiencia con la naturaleza que muchos de los activistas ecologistas.

Pero dado que sus vidas dependen de los bosques, ellos, al igual que los campesinos, tienen tanto una vinculación espiritual como una material con la naturaleza. Si la ecología enseña que todas las especies juegan un papel indispensable en el balance de la creación, entonces tanto los taladores como los plantadores de árboles deberían ser esenciales para un enfoque equilibrado de la preservación ambiental.

Finalmente, sólo un movimiento que incluya muchos tipos y clases de gente, diversas expresiones de conciencia ambiental y una igual preocupación tanto por la naturaleza como por las personas puede volver aganar el impulso para enfrentar los desafíos de este trascendental momento.

* El autor es director del Mainstream Media y del programa radial ''A World of Possibilities''. Derechos reservados IPS.




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